España, hispanidad e Hipania en la controversia de su definición
España es solamente la punta del iceberg cuando decimos Hipania. A veces el traductor lleva el título de nuestro sitio web a su significado en español. Se trata, como habíamos dicho anteriormente de una palabra maorí ¡Vaya locura de este web máster! Pero fue en aquel momento lo más cercano que encontramos para nombrar un espacio que hablara de hispanidad, aunque en un sentido más amplio y más libre que lo tradicional. No hay ningún problema en llamarnos de una manera que se parezca a la madre patria, lo que no queremos es confusión y creer que nos limitamos solamente a las cosas de ese país peninsular, porque no estaremos limitados ni tan siquiera a los países comúnmente llamados hispanos. Se trata de caminos de ida y vuelta. Llevamos la hispanidad a otros lares y traemos personas de otras culturas a la hispanidad.
Cuando tenemos en cuenta la península ibérica como generadora inicial de la hispanidad en el resto del mundo recordamos que además de España se extendió la influencia de esta península a través del estado de Portugal que fundó al gran país que hoy se llama Brasil. A su vez pensamos en los quinientos años de influencias mutuas donde desde otras partes del mundo aquellos pueblos conquistados influyeron hacia la Iberia y hacia muchos otros lugares. La cultura como fase final de la influencia social de los pueblos se asemeja al cuento del conquistador conquistado que cae de amor en brazos de la princesa del pueblo que avasalla. Palabras tan comunes a nuestros tiempos en cualquier lugar del mundo identifican a productos que existieron muy lejos de Europa Occidental quinientos años atrás. Nadie se imagina a un ibérico del 1400 fumando una pipa de tabaco o comiendo una fritura de maíz, y de la papa ni hablar. Para bien o para mal los pueblos sucumbieron a la nicotina, la yuca e incluso pudieron aumentar su dominio hacia el este gracias a que la patata por ser de ciclo rápido y fácilmente adaptable a Europa fueron vitales para el movimiento de las tropas a grandes distancias.
Si bien ellos impusieron sus lenguas en el Nuevo Mundo miles de palabras nuevas enriquecieron al español, al portugués, al francés y al inglés como principales lenguas de los que se expandieron en los cinco siglos anteriores. Y no fueron solamente palabras de los productos nuevos que había solamente allende los mares. También aumentaron la sinonimia de la lengua. Por si resultara poco mitos y leyendas, creencias de pueblos aparentemente menos desarrollados, hicieron su impacto en una cultura anquilosada por más de mil años en el empeño de surgir como naciones.
De la Hispania, que a nuestro modo es toda la península, vino al Nuevo Mundo un monstruo afortunadamente bicéfalo. En una cabeza traía la espada del exterminio para la conquista absoluta y en la otra la doctrina reconciliadora. Contradictorio el animal mitológico, sin embargo, efectivo. Con la espada y la astucia conquistó a pueblos que si bien tenían un desarrollo científico no despreciable en muchas esferas eran también portadores de sus terribles armas con la cual sometían en generalizada esclavitud a pueblos cercanos para formar imperios. Si bien con los hispanos originales llegó la Biblia según interpretación católica, los originarios del Nuevo Mundo tenían su doctrina, tan sinceramente vengativa como en los tiempos de Moisés, quizás primero que el famoso egipcio hebreo, pues el sacrificio de seres humanos bañaba plazas completas de sangre y por tiempo prolongado. Quizás el punto donde comienza la positividad del encuentro de cultura sea que para esa época de la conquista ya eran, a su manera, llamados cristianos y no era Moisés sino el Mesías quien tenía el timón del crecimiento espiritual. Quizás también era fuente de energía para los cambios, aún los venideros que aquellos ignorantes e iletrados hombres ambiciosos de oro y espacias vinieran acompañados de otras personas leídas y comprometidas con el crecimiento cultural de la humanidad, religión aparte. Estos hombres leían, escudriñaban buscando la verdad del único ser racional conocido, practicaban el perdón y eran de alguna manera la contraparte de aquella actitud que justificaban por las instituciones, incluyendo la papal. Este monstruo social que fue el inicio de la expansión de la hispanidad dio final otro monstruo social y asimiló irremediablemente mucho de lo positivo de la cultura de la otra parte del océano. Lo que se perdió ya es materia de arqueólogos, pero a la vez estos investigadores corroboran las crueles costumbres oficiales, en gran parte, lo cual no justifica el encuentro violento entre culturas, pero nos deja un aliento de que nada es totalmente malo.
En un punto de esa línea que recorre 500 años y se extiende se sitúa Hipania en su comienzo y empieza con su sueño de unidad, quizás quijotesco, totalmente aventurero, pero no en busca de oro, por lo menos como elemento químico o metal puro. Hipania es parte de esos sueños imposibles de soñar por algunos y parte de la vida cotidiana de otros. Como el personaje del Manco de Lepanto andamos enderezando entuertos a nuestra manera, sin justificar, pero en aras de un mundo mejor, que sí es posible mientras exista una persona capaz de sostenerlo en su imaginación. Somos pues la parte de la conquista que trae las ganas de paz, amor y prosperidad. Tendremos que alzarnos contra monstruos modernos y no tenemos más alternativas que ser valientes.
De esta manera, declaramos que la palabra Hipania como título de este sitio web quiere decir hispanidad y es de alguna manera una aventura intelectual que cabalgará por los difíciles caminos de Internet luchando contra molinos de viento y gigantes, si fuera necesario convirtiéndonos en caballeros andantes. Entonces, si España aparece como cierta energía inicial de todo este embrollo de propósito bienvenida sea, pero agregamos: el mundo entero si no saturado está salpicado de hispanidad, porque ésta es más que España y va desde la Tierra del fuego hasta Alaska y se extiende por el Pacífico llegando a intrincadas lomas del Himalaya donde un solitario pensador se fuma una pipa de tabaco del mismo origen que el de aquel indio que Colón vio desde su nave cuando se acercaba a Cuba.