6 Mi pueblo era un león sin carne
<Cuando las miserias llegan por sí solas se aceptan, pero cuando te las imponen es difícil aceptarlas a ellas y a los impositores. Para mí fue doblemente duro aquello que llamaron período especial, en Cuba. Fue la época de la muerte de la Unión Soviética y la sobrevivencia del gobierno cubano como estado solitario. Para esa época yo vivía en la ciudad.
En un tiempo muy corto la alimentación, que extrañamente había mejorado cuando estábamos en guerra en África, quedó en los mínimos límites de sobrevivencia. Empezaron a morir los viejecitos, los borrachitos, los que ya estaban enfermos y los que enfermaron en esos tiempos. Aprendimos a vivir con hambre y a soñar del hambre que como un remolino siempre giraba en sí mismo rodeándonos macabramente. El mayor orgullo que se podía lucir era decir comí ayer.
Cualquier cosa era alimento: la cáscara del plátano, las hojas de plantas que jamás se habían comido. Desaparecieron los perros y los gatos de la ciudad. Se autorizó a matar al que entrara en alguna propiedad en la que hubiera alimentos, como estancias. En Camaurije volvió a haber muertos por la violencia. Yo tuve que ponerle violencia a mi cuerpo viajando cientos ochenta kilómetros en la bicicleta entre la ida y la vuelta de la ciudad al campo. Llevaba tabaco y ron que me pertenecía en la cuota mensual y traía plátano fruta y con buena suerte boniato. El trueque volvió a ser la forma principal de intercambio comercial. De la noche a la mañana nos habíamos convertido en un pueblo primitivo retrocediendo en la historia.
La bebida más fina que podía encontrarse en un comercio era el agua azucarada, con suerte se tomaba una limonada. A las colas para comprar unas hamburguesas había que ir por la madrugada para salir por la tarde o comprárselas a un precio cien veces mayor al que hizo la cola solamente para venderla.
Andábamos como zombis, éramos espectros caminantes: un pueblo de fantasmas títeres que creía cualquier cosa porque el hambre debilitaba su espíritu. Un hombre fuerte que comía, según se decía, de las mejores tiendas de Nueva York, tenía miles de dedos y tendía miles de hilos para manipular a los miles de títeres. Sí el Líder decía que había que levantar la mano derecha el pueblo la levantaba, si decía levantar la izquierda también lo hacían. Es triste, pero éramos autómatas. Los pocos que se rebelaron o quisieron huir fueron masacrados. Un día se le ocurrió al líder hacer pelear al pueblo por un niño que había aparecido en la costa americana salvado en una recámara de las ruedas de los autos por voluntad de su madre que se ahogó, y el pueblo peleó. Se olvidó que la última voluntad de los muertos es sagrada.
Dicen que los leones se amansan dándole de comer vegetales y que cuando comen carne son muy bravos siendo imposible amaestrarlos. Mi pueblo era un león sin carne.
TRES SEMANAS DE DIETA ¡¡¡IR!!!
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