1 El avión hacia Miami saldría a la una de la tarde todavía quedaban cinco horas

28.04.2016 22:46

Era 30 de diciembre del año 2010 en el aeropuerto de Holguín y Tatica de un poco más de cinco años descubrió que la puerta se abría y cerraban automáticamente y jugaba con ella entrando y saliendo. El primo, funcionario del aeropuerto,  nos había conminado para que presentara rápido los documentos pues si había un error perdía el pasaje pero como el avión hacia Miami saldría a la una de la tarde todavía quedaban cinco horas y él podía prestarme chofer y carro para correr hacia alguna oficina de emigración y hacer gestiones de última hora. Todas estas tensiones propias del cubano común no eran suficiente para sacarme del principal conflicto: Tatica era mi única hija, nacida cuando yo contaba 48 años y ese día conocería a mi padre al cual había visto esporádicamente cuando niño. Si bien esto era cerrar un capítulo añorado también fueron muchos años de búsquedas y tratamientos conjuntos de su madre y yo para que un día naciera la niña: alto valor del feto dijeron los médicos. Nada problemático sería si yo no tuviera una enfermedad nutricional que para sobrevivir y no quedarme en silla de ruedas debiera tener la alimentación de un país donde esta fuera abundante y de calidad. Eso me habían sugerido los médicos. Preferí esperar una hora más pues si los documentos estaban en regla pasaría al interior y ya no vería más a la madre y a la niña hasta el regreso. Nunca me imaginé los largos que son los años sin acariciar a mi hija sin el amor de una mujer.

–Marcos, si te vas a quedar dímelo –me dijo Prodigio, la madre de la niña, y yo nada respondí.

Miré a Tatica muchas veces para grabar su imagen. Ella estaba despreocupadamente entusiasmada por haber descubierto un ambiente desconocido y era ajena totalmente al tormento que vivíamos la madre y yo.  Por mi mente corrían las opiniones de todos con los que había conversado en los últimos tiempos: “Eres un tipo excepcional –decía el primo Ismael–, tuviste tu primera hija casi a los cincuenta años y casi a los sesenta va a conocer a tu padre” “¡Qué carajo de orgullo porque ellos no se recordaran de ti antes, los esclavos no tienen orgullo –decía el primo Vivomar–, si no te quedas eres un pendejo” “Es que tengo la sensación de que si me quedo no veré más a mi hija –le decía yo a Ramón, mi amigo espiritista, energético, yoga y dueño del saco con un revoltijo de cosas del más allá” “No te lleves por espíritus burlones, llegas, hace tu residencia y viene a verla al año y un día” “Primo, no resisto más este régimen, quiero irme para allá aunque sea para trabajar en la construcción, tú eres mi única esperanza, Marcos, los Sedeños no tenemos ni un cabrón balsero que se halla arriesgado, tú va a ser el primero en la Yuma” “Si pero fíjate que soy un viejo jubilado por enfermedad” “Con la jama de allá pronto te olvidarás que existen las enfermedades y que la  peor de nosotros es el mal comer” Por un momento me acordé de mi jefe inmediato, el aguerrido Zafrán que te hacía llorar sangre todos los días cumpliendo las metas del trabajo y de consigna en consigna íbamos cumpliendo los planes “para que nuestro instituto sea un baluarte de la Revolución siempre” Cierto, éramos los mejores y él subió en tres años de jefe de grupo a vicedecano, de ahí a decano y ya cuando me jubilaron era vicerrector. Pero el muy hijo de puta cuando me vio en la CADECA tuvo la gentileza de invitarme a una cerveza, como en los viejos tiempos de la universidad, y me dijo: “Esta es una conversación de hombres y por tanto debe quedar entre tú y yo, sé que va a viajar a Estados Unidos, no sea cobarde y quédate” Si hubiera estado borracho le hubiera partido la botella en su cabeza cancerosa, pero total, todos sabíamos que iba a morir pronto, era mejor perdonarlo, tantas consignas y tantas agonías para salirme con esa. Pero lo de cobarde sin saber mi opinión, así al menos creo, todavía me revuelve el espíritu de vez en cuando.

Tatica me miraba desde el salón cuando entregaba el pasaporte y pasaba el minúsculo maletín por los rayos equis. Todo estaba en regla y entré casi caminado para atrás mientras le decía adiós con las manos y ella me tiraba besos. Adentro no me aburrí tanto. Muy pronto encontré nuevos amigos y fuentes de información fresca para seguir informándome de cómo eran los Estados Unidos. Luego la compra de la caja de tabaco y la botella de ron de regalo para mi padre. Finalmente el avión, que a mi juicio debía ir repleto por lo difícil que fue conseguir el pasaje para ese día. Recuerdo que algunos no alcanzaron y tuvieron que comprar para enero. Se había regado la bola de que el día de año nuevo habría un nuevo éxodo masivo y todo el mundo quería irse antes no fuera que se suspendieran los vuelos. Sin embargo, en aquel inmenso aeroplano sólo íbamos catorce personas. Miré la isla y sentí por primera vez en mi vida una inmensa sensación de soledad y desamparo y lloré como hacía casi sesenta años que no lo hacía.

TRES SEMANAS DE DIETA  ¡¡¡IR!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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