2 Ese día no lo dejaron conversar acerca de mí
A mi tío Hiler no lo había visto muchas veces en mi vida pero era mi ídolo. Los otros hermanos de mi padre vivían a cuatro kilómetros de la casa de mi madre y yo siempre iba a lo de mi abuela paterna y llegaba a sus casas también. Cuando él era un jovencito y yo tendría cinco años sentí la primera sensación de admiración a través de la admiración de los otros. Hiler había sido seleccionado para estudiar aviación en el extranjero. Todo el mundo hablaba de eso en Camaurije, un poblado enclavado en plena Sierra Maestra. El muchacho se había alzado siendo un imberbe y toda la campaña la pasó de maestro en diferentes sitios. Al triunfar el Ejército Rebelde se fue con las tropas a de Santiago de Cuba donde estuvo los primeros meses, luego pasó a la Habana y muy pronto fue escolta del Presidente.
Cuando Hiler salió para la Unión Soviética la noticia corrió de voz en voz por todas las montañas. Iba a ser el primer aviador de todos los nacidos en aquellos contornos. En una región donde los mulos y los escasos Jeep marcaban lo más desarrollado en el transporte un aviador era algo casi comparable con un ángel. Recuerdo que antes de viajar él llegó a la casa y conversó con mi madre, no rememoro lo que hablaron pero sí recuerdo que era acerca de mí. A mi tío le brotaron las lágrimas y mi madre le aconsejaba que no se entristeciera porque ella trabajaría duro para que a mí no me faltara nada. Por esa fecha no había visto a mi padre nunca a pesar de que ya él vivía en la ciudad más cercana al poblado de montaña donde residía mi madre y decían que a veces pasaba cerca de la casa caminando para ir a donde mi abuela. Una de mis principales intrigas era por qué los demás niños tenían padre y yo no.
Todos los días pasaba muy alto un avión por encima del poblado y yo no perdía la oportunidad de verlo. Posiblemente Hiler estuviera ahí arriba piloteando. Cuando el ruido ya no se oía y el aparato se perdía en la próxima montaña ya no pensaba en la aeronave sino en mi tío.
Me aficioné a pintar aviones y gastaba cajas enteras de lápices de colores y llenaba libretas completas. Unas veces eran cuatrimotores de Cubana de Aviación y otras eran aviones de guerra que disparaban guiones unos detrás del otro hasta tocar en alguna loma. A veces se veía el piloto. Era el orgullo de mis tíos maternos que enseñaban mis dibujos a sus amigos y señalaban que yo tan pequeño hacía aquello con tantos detalles de los aparatos que nunca había visto de cerca, así como la exactitud de las lomas y sus árboles. Quizás si hubiera tenido más edad o hubiera sido más desahogado le hubiera dicho un día que todos los había pintado pensando en mi tío Hiler. Pero yo permanecía callado y no sentía ningún orgullo por los elogios que para mí no eran nada, pero si hubiera aparecido mi tío paterno entonces sí que me sentiría contento.
Cuando tío Hiler volvió a pasar por la casa ya yo tenía diez años. Su uniforme tenía los grados de capitán y las alitas insignias de la aviación. Acuña el cojo dijo que un capitán de las fuerzas terrestres tenía que cuadrársele a él pues cuando el oficial aéreo estaba en tierra era un grado superior. Facundo el domador de mulos decía que tenía que tener todos los dientes absolutamente buenos, ni una sola muela cariada, como condición para que le permitieran ser piloto. Todo el mundo venía a brindar por mi tío y las botellas de ron del Café de Lola se agotaron todas. En mi propia casa empezó la fiesta y mataron el cerdo gordo que era para la Navidad. Si no es por Casimiro que era comunista de los de antes y lo habían hecho jefe del Partido mi tío no ve a su madre ese día pues aquello era una fiesta en grande y todos los campesinos desfilaban por allí a saludarlo y a tomar. Mi tío correspondía a los brindis generosamente. Recuerdo que de tanto ron bebido su blanquísima piel se había puesto roja como un camarón de los que asábamos en el río. Casimiro trajo un caballo ensillado para él y le preguntó a la gente que si no se daban cuenta que estaba con el uniforme, que cómo iban a emborrachar de esa manera a un oficial de la Fuerza Aérea.
Ese día no lo dejaron conversar acerca de mí, estaba seguro que había ido a verme. Cuando hay ron por medio no se dan cuenta que un niño quiere conversar con su tío y preguntarle sobre los aviones. Los adultos son torpes y sólo piensan en jolgorio. Yo quería hablar de los aviones, de sus hazañas en el aire, a mí el ron no me importaba como no me importó ese día el rabito del puerco que siempre exigía cuando se estaba asando alguno en la púa.
TRES SEMANAS DE DIETA ¡¡¡IR!!!
SIGUIENTE >>